src='//load.sumome.com/'/> Serie Hellmoore ~ Marisa Citeroni

Serie Hellmoore






Argumento:


Londres en 1760 una tragedia enluta a la familia Hellmoore y a los Brown. Hermanos y primos quedaron a la deriva tras la muerte del duque de Albans. El duque heredero escapa a sus responsabilidades a causa del dolor de tan trágica muerte. La Duquesa viuda y sus otros hijos como el resto de la familia trataron de unirse para continuar con el Ducado como lo dejó su esposo. Una vez recuperado Brian Hellmoore, el nuevo Duque, regresó para ocuparse de todo. Nosotros seguiremos de cerca las vidas de sus hermanos y primos. Todos ellos tienen sus historias que iremos descubriendo si me acompañan…


Serie  Familia Hellmoore 01

Oliver... ¿Olivia?




Argumento:

Olivia Mcgintys tenía muy claro lo que quería para su vida: primero recuperar el condado de Levington, para eso debía echar al administrador nombrado por su madre y después ocuparse personalmente de la administración y de su gente. Pero… ¿cómo hacerlo siendo mujer y tan joven? Para sus propósitos deberá convencer a su tío y luego a su prometido de que la ayudasen. No tenía mucho para negociar, pero en agradecimiento le devolvería su libertad para casarse con quién él quisiera. La empresa ha iniciado y es Oliver quién debe llevarla a cabo.

Brian Hellmoore tenía sus propios planes y éstos incluían convencer a cierta Condesa que debería casarse con él. Aceptó ayudar a Olivia y también el reto que él mismo se impuso para cambiar los planes de su prometida. Para ello se valdría de todas las armas que tuviera en sus manos. Sólo que jamás previó en descubrir el secreto de la Condesa.

No es lo mismo seducir a una damisela en apuros, que a una toda guerrera. Ella se defenderá con uñas y dientes de sus atacantes y de la conquista amorosa por parte del Duque.

¿Logrará Brian convencer a Olivia de casarse o será Olivia quién convenza a Brian de dejarla?

¿O acaso Oliver será quién convenza a Brian de dejarla?



Primer capítulo


Olivia Mcgintys

Levington, Suffolk, 1765



Sentada en las habitaciones de su adorado hogar, Olivia Mcgintys, hija del conde de Levington, Arthus Mcgintys, intentaba leer pero le era imposible. No dejaba de pensar en cómo había cambiado su vida. A unos meses de cumplir la edad en que debería ser presentada en sociedad y ser anunciado su compromiso con el Duque de Albans, se encontraba a punto de perder todo lo que su padre había construido con gran esfuerzo para ella, su única hija.

No encontraba la manera de hacer reaccionar a su madre y que ésta viera en las manos de quien había caído el legado de su esposo. Eran pocas las veces en las que podía encontrarse con ella y conversar. Ya no era la misma. Desde la trágica muerte de su padre, hacía ya cinco años, Ágata O’ Day se sumió en un abismo del que nunca salió. Su dolor la llevó a encerrarse en su mundo y en sus habitaciones, sin importarle el destino del condado, ni el de Olivia.

Ella creía que había dejado todo en buenas manos. El nuevo administrador, el Barón Archivald Hook, era quien ahora se encargaba de todo. Ante los ojos de los demás, era la persona que en su bondad, había acudido en ayuda de las desamparadas damas. Pronto Olivia empezó a darse cuenta de las verdaderas intenciones del Barón. Fue despidiendo al personal leal a la familia, como sirvientes, institutrices y tutores, para reemplazarlo con los propios. Tomaba posesiones de las tierras que no le pertenecían, echando a sus legítimos dueños, gente que no podía defenderse. También fue sitiando el lugar por fuera con sus guardias y así poder controlar las salidas y las entradas a «su castillo», como lo llamaba Olivia.

Ahora estaba únicamente en sus manos el evitar que se adueñara de su patrimonio, pero… ¿Cómo hacerlo, sola y siendo mujer con tan solo doce años?

Doce años habían pasado desde que su padre logró, al nacer su hija, lo que siempre había soñado: unir el Condado de Levington, con el Ducado de Albans, y eso hizo. Comprometió en matrimonio a su hija con el hijo de su mejor amigo y futuro Duque de Albans, ocho años mayor que ella.

Pero desde la muerte de ambos padres, ni Olivia, ni su madre, habían tenido noticias ni de su prometido, ni de su familia. Ahora se veía obligada a salir en su búsqueda. No sabía mucho de la familia Albans, solo que tenían una residencia en Londres, y una casa en otro lugar que tendría que averiguar de no encontrar a nadie en Londres. Rogaba a Dios que “su prometido” recordara el compromiso asumido por su padre o al menos quisiera ayudarla a echar al Barón de sus tierras.

Para lograrlo, lo único que podía ofrecer era la promesa de su libertad; dejaría disuelto el compromiso que contrajeron sus padres para ellos, después de todo, si no había dado señales de vida, él ya tenía la necesidad de darlo por inexistente. Así los dos obtendrían lo que ella suponía ambos querían: él, la libertad de poder elegir a su futura Duquesa y ella poder administrar su condado por sí misma. Más adelante, cuando llegara el momento, se encargaría de convencer al Rey de que ella era capaz de manejarlo sin necesidad de contraer matrimonio con nadie… con Roger guiándola y protegiéndola.

Roger Thomas, la única persona que no podía tocar el Barón, pero infortunadamente tampoco ejercía ningún tipo de autoridad sobre el condado ni sus bienes. Su condición de hermano ilegítimo del Conde se lo impedía. Pero había accedido a ayudarla, con un plan perfectamente trazado. Él la prepararía para que cuando llegase el momento, ella pudiera actuar contra Archivald Hook.

Como las órdenes del Barón eran que Olivia permaneciera en su habitación con un guardia en la puerta para su protección –según sus propias palabras–, se encontró encerrada sin encontrar la manera de comunicarse con nadie. El Barón había dado órdenes de que solo podía permanecer en sus aposentos leyendo y bordando, según él no necesitaba nada más hasta el momento en que contrajese matrimonio.

Su doncella, que se ocupaba de sus necesidades elementales, era la que le traía las noticias de lo que pasaba en la casa. Así pudo enterarse que Roger Thomas, su tío, sí andaba libremente, y que nadie se le imponía.

Thomas era el hermano menor de su padre, alguna vez de contextura física grande, musculosa y bien entrenada. A pesar de ser ilegítimo gozó de la misma educación de su padre. Así aprendió a luchar con espadas, a realizar tiro al blanco con pistolas, arco y flecha, y también lanzamiento de cuchillos, junto al Conde. Juntos, los hermanos habían aprendido el manejo que el condado requería.

Entre los dos, Olivia y Roger, llegaría la hora en que podrían honrar a su padre.

Cuatro años antes de la muerte del Conde, Roger se vio involucrado en un confuso episodio, donde murió una persona y él fue inculpado. A pesar de jurar que él no había sido y de los esfuerzos de su hermano, para que se supiese la verdad, fue a prisión. Allí, avergonzado y con mucho dolor, pensando que su hermano, lo abandonaría, juró que jamás volvería a empuñar un arma contra nadie. Tanto Roger, como Arthus, estaban seguros que se lo había culpado por su destreza a la hora de luchar, lo que nadie sabía era que en realidad no le gustaba la violencia de ningún tipo. Su pasión eran las leyes y por eso pasaba horas enterrado entre libros y documentos.

Había aprendido a luchar junto a su hermano por si alguna vez tuviera que proteger su vida. Le debía mucho al Conde y si estaba en sus manos protegerlo lo haría a costa de su propia vida. A pesar de todo Arthus conde de Levington, no lo había abandonado a su suerte, lo visitaba todo lo que sus responsabilidades se lo permitían y cuando lo hacía era siempre con el mismo afecto que le había brindado desde pequeño.

Por eso cuando en su último año de condena, no había ido una sola vez a visitarlo en el transcurso de dos meses, Roger comenzó a inquietarse y fue peor cuando le anunciaron la visita del párroco del pueblo. Escuchó en silencio todo lo que relataba el cura. La muerte de su hermano lo hirió en lo más profundo de su corazón y también el dolor y el encierro de su cuñada Ágata. Pero lo que más le preocupó fue enterarse en qué manos había dejado todo su cuñada: las del Barón Archivald Hook. La persona más desagradable e inescrupulosa que hubiese conocido jamás. En vida, el Conde siempre lo mantuvo alejado de su entorno, por esa razón no entendía que ahora estuviese al mando del condado y fuese el tutor de su sobrina.

También lo había preocupado sobremanera que el cura le dijese que Olivia estaba encerrada en sus habitaciones con un guardia en la puerta, que impedía la entrada y la salida. Al párroco se lo había contado la doncella de Olivia, un día que fue a misa. Habiéndolo puesto en conocimiento de todo lo que ocurría en el condado el cura le rogó que al salir de la cárcel fuera a su iglesia, él le daría cobijo allí. Seis meses después de la visita del párroco Roger llegó a la iglesia y permaneció allí. Después de su regreso, se dedicó a estudiar los alrededores, el Barón había puesto guardias rodeando el castillo y por lo que contó Iris, la doncella de Olivia, adentro también había alrededor de veinte hombres. En total, decían, la guardia personal de Hook estaría compuesta por unos treinta hombres, sin contar los que merodeaban por el pueblo.

Habían pasado cinco años de la charla que cambió sus vidas. Había logrado hablar con Roger, aún recordaba el miedo y la angustia de pensar que no podría convencerlo, o que se negase de plano. La reunión se llevó a cabo en las barracas que había en el castillo. Roger logró ver a su sobrina, luego de entrar por los fondos del jardín abandonado de su madre y desde allí pasó a las barracas que se encontraban bajo el castillo que nadie conocía. Sólo el Conde y su hermano sabían de su existencia, como también de los pasadizos secretos que había entre las paredes y que gracias a Dios comunicaba todas las habitaciones del interior de la casa. Después de enviarle un mensaje con Iris, Roger golpeó por detrás de la biblioteca que se hallaba en una de las paredes de la habitación de Olivia. Ésta abrió asombrada y ahí estaba su tío, y esa fue la primera de muchas veces que pudo encontrarse con Thomas. Y ese también fue el pasaje seguro para la entrada y salida de Olivia del Castillo.

—¿Me mandaste a llamar, Olivia? —preguntó Thomas.

Roger a la hora de luchar era muy bueno, pero carecía de carácter y luego de la temporada que pasó recluido en la cárcel, parecía tener menos. Aparte, el simple hecho de que se supiera que había estado encarcelado acusado de asesinato, no le otorgaba frente a los demás demasiado respeto, pero no solo de la gente en general, sino de él mismo. Lo que parecía una deshonra se convirtió al final en lo mejor que pudo pasarle. Nadie lo consideraba peligroso o le temía y para Hook era poco menos que un servil gusano que no le preocupaba. También esa era la razón por la cual Olivia no enviaba a su tío en busca del Duque, según las propias palabras de Roger: ¿quién recibiría a un mendigo? y lo que era peor: ¿quién le creería?

Ese día el diálogo había sido difícil.

—Sí Roger, creo que sabes mejor que yo lo que está pasando en el castillo y quiero que me ayudes.

—¿Ayudarte cómo? Sabes bien cuál es mi posición en esta casa.

—Sí lo sé, y también sé que mi condición de mujer no me da muchos privilegios tampoco.

—¿Por qué no le dices a tu madre?

—Porque ella cree en el Barón y porque según ella, soy una niña que no entiende de estas cosas. Además creo que no comprende lo que pasa a su alrededor, el dolor la tiene cegada y no es capaz de razonar.

—Bueno, dada las circunstancias es poco lo que podemos hacer entonces —aseguró su tío.

—Bueno ahí te equivocas, he ideado un plan —le comunicó Olivia.

—Y… ¿cuál es ese plan? —preguntó dudoso Thomas.

Olivia se dispuso a relatar su idea tratando de convencer a Roger –con todos los argumentos a su alcance– para que la ayudase.

Éste no salía de su asombro con las barbaridades que estaba escuchando de su sobrina, que tan solo contaba con doce años. Estaba muy seguro que era una locura, pero también se convenció de que si no hacían algo se perdería todo por lo que su hermano había luchado en vida, bajo el mando del energúmeno Barón Hook. La idea de Olivia era que mientras todos creían que ella estaba encerrada en su recámara, en realidad, estaría entre ellos. ¿Cómo? Bueno, ahí entraba el descabellado plan que no terminaba de convencerlo.

Iris, la doncella de Olivia le había contado que Roger Thomas pasaba sus días entretenido enseñándole a luchar al hijo de unos de los guardias –que tenía más o menos su misma edad– en el jardín abandonado detrás del castillo. Y que nadie reparaba en ellos, ni les importaba. Fue cuando se le ocurrió, lo que ella calificó de brillante idea. Pasaría todo el tiempo que fuese necesario, preparándose, hasta el momento de salir en búsqueda del Duque.

Roger había perdido mucho en prisión, no solo confianza en sí mismo. De su capacidad solo quedaba una leve brizna que utilizaba para enseñar a los niños a defenderse, pero sentía que si se veía obligado sería capaz de defender a su sobrina, al menos creía que podría hacerlo, pero jamás podría acceder al descabellado pedido de su amada sobrina.

Hook tenía sus propios planes: que la niña no saliera de su cuarto, que la madre siguiese encerrada en su dolor y que el condado siguiera produciendo para sus bolsillos.

Todo lo dirigía desde el escritorio que alguna vez fue del gran Conde y ahora le pertenecía y muy pronto sería el dueño de todo. Por esa razón no se aventuraba a las humildes casas de los aldeanos.

—Si tan solo supiera luchar —había exclamado Olivia un día delante de su criada cuando se enteró que Hook había echado a la familia completa del administrador después de dos generaciones de honestos colaboradores.

—Si su padre estuviera con nosotros —dijo Iris, la criada— o si su tío estuviera en condiciones… ¡vaya que le podría enseñar!

Olivia la miró sorprendida, sí. Esa era la respuesta. Su padre ya no podría, pero su tío… solo tenía que pensar la manera de encontrarse con él y…

Le llevó mucho tiempo madurar su idea. Y trabajó en ella. Empezó a no salir de su cuarto en todo el día, acostumbrando a todos a no verla. Diligentemente su plan fue madurando hasta que comenzó a hacerse realidad.

Alguna vez sería la señora del castillo.

Y ese día se acercaba más y más a medida que pasaba el tiempo…



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Serie Familia Hellmoore 02

Atado a París






Argumento:

Henry Somerset tenía asumido que todas las mujeres eran frías y frívolas como su difunta esposa. Lo que al encontrarse con una mujer como París lo dejó dudoso e indeciso sobre su opinión. Ésta no se parecía a ninguna de las que había conocida hasta entonces pero aun así se negaba a entregarle su corazón.
París estaba desilusionada de su primera temporada, sus amigas se habían casado y al quedarse sola decidió abandonar por ese año. Su sorpresa fue que apenas unas semanas después se encontró casada con un desconocido al que le tenía miedo. 

¿Podrán ambos superar sus miedos y encontrar la felicidad?







Capítulo 1


Una realidad
Tras la muerte del Duque de Albans, Víctor Hellmoore, la familia había quedado devastada. Brian su heredero se refugió en Europa y solo regresó cuando se sintió preparado para ocuparse de su familia, el ducado y la futura esposa que lo esperaba. A los pocos meses de su regreso era un hombre casado al igual que su amigo Baltasar Hill conde de Northamptonshire. Ambos se habían hecho cargo de sus responsabilidades como herederos y habían encontrado el amor, donde menos lo esperaban.
París Hellmoore acudía a los salones de baile sin sus amigas, acompañada por su hermano Gabriel, pero no era lo mismo. La temporada se había estirado hasta principios de diciembre. Por las sesiones parlamentarias todos permanecían aún en Londres, razón por la que los distintos bailes se sucedían unos tras otros.
París había hecho su presentación en sociedad junto a su amiga de toda la vida Serena Blake y a quién ahora era su cuñada, Olivia Mcgintys. Su hermano Brian, había terminado casándose con Olivia y Serena con el mejor amigo de este: Baltasar.
El evento, con las dos parejas juntas, se había realizado hacía dos meses en Levington, en el Castillo de Olivia.
Asistir a los bailes y veladas musicales ya no era lo mismo para París. Aceptó dos invitaciones más, una a Almack’s y la otra en casa de Lady Cowper, por ser damas influyentes. Había tomado la decisión de decirle a su madre que daría por terminada su temporada por ese año. No se sentía cómoda, se había acostumbrado a ir de un lugar a otro siempre en compañía de Serena. Los eventos ya no la atraían y los caballeros que asistían habitualmente a ellos tampoco. No había encontrado al hombre perfecto como sus amigas, o dado su estado de ánimo, no veía a nadie con buenos ojos.

Mientras caminaba por el parque, custodiada por su doncella y un lacayo, París observaba el ambiente romántico que se perfilaba, en algunas parejas. Caminaban y se miraban con real afecto, bajo la atenta mirada de sus carabinas. Ninguno de los pretendientes que se había acercado a París hasta ese momento le interesaba, no tenían nada en común.
Era un acierto abandonar la temporada.
Sentada a la sombra de un árbol, mientras observaba a los enamorados, volvieron a su mente ciertos recuerdos: el día que murió su padre y la huida de su hermano mayor a causa del dolor. Se marchó a Europa para evadir sus responsabilidades como heredero. Brian no estaba preparado para la muerte del Duque y mucho menos para ocupar su lugar. Nadie estaba preparado en su familia. A partir de ese momento nunca volvió a ser la misma. Jamás pudo quitar de su corazón la tristeza y un sentimiento de soledad que ahora, ni a través de los años, había logrado mitigar. Brian y ella habían sido los más unidos a su padre; su hermano trató de cerrar sus heridas huyendo, y ella se quedó allí, con su dolor, el de su madre y el de sus hermanos menores. Sí, continuaron con sus vidas, y aunque amaba mucho a su familia, nunca logró cerrar ese círculo que se quebró con la partida de su padre.
El dolor ya no era tan agudo, aunque nunca la abandonaría y la soledad muy arraigada en su corazón sería difícil de combatir, si es que alguna vez pudiera luchar contra ella.

Había llegado al baile, último evento al que pensaba asistir acompañada por su hermano Gabriel que parecía estar divirtiéndose mucho. Todo lo contrario de ella que estaba sola y aburrida en un rincón del salón. Últimamente, el hastío se apoderaba de ella en cualquier reunión. Lo único que le quedaba por hacer para entretenerse era escuchar los cotilleos de las damas más distinguidas de la sociedad.
—¿Te encuentras bien, París? —preguntó su hermano Gabriel.
—Estoy bien solo un poco acalorada.
—¿Entretenida?—dijo señalando con la cabeza a las damas reunidas en un círculo.
—Sí, es imposible no escucharlas —respondió París.
—No te he visto bailar mucho ni divertirte.
—Lo sé, es que sola ya no es lo mismo.
—¿Sola, es que acaso no sabes apreciar mi compañía? —inquirió Gabriel fingiendo dolor.
—No es eso, es solo que extraño a mis amigas, pero estoy muy agradecida de que me acompañes —le aseguró París.
—Muy bien… se te pasará —se retiró dejándole un tierno beso en la frente.
Mientras observaba a su hermano alejarse escuchó a las damas que habían subido el tono de voz, evidenciando su gran malestar y enojo.
—¡Es una barbaridad! —dijo una.
—Una verdadera vergüenza —acotó otra.
Y las madres siguieron calificando como inconcebible que se permitiese a semejante persona convivir entre la gente decente.
No pudo evitar escuchar, en diferentes relatos, que se le adjudicaba al Marqués de Worcestershire terribles hechos cometidos contra su esposa. Todas hablaban a la vez lo que le dificultaba a París poder entender verdaderamente lo que decían. Pero poco a poco fue ordenando los distintos chismes y así comenzó a armar la historia que tanto molestaban a las distinguidas damas.
Lo primero que comprendió fue que el Marqués Henry Somerset era viudo y con una niña de solo tres años. Hasta ahí era bastante normal el comentario. Pero que se lo acusase de haber asesinado a su esposa era terrible y no podía ser cierto, de ser así, estaría encarcelado y no en un baile de temporada. Algunas cotillas aseguraban que había asesinado a su mujer con sus propias manos. Otras, que la dejó atada a su caballo para que la arrastrase hasta morir. Todos esos comentarios unidos a que Somerset, había encontrado a su Marquesa con un amante en su propia cama, lo condenaban y según la sociedad, era culpable. Lo que no entendían las damas era por qué el Rey lo protegía y obligaba a la sociedad a aceptarlo. Antes de cada evento se recibía la misiva de su Majestad, dejando en claro la importancia de la asistencia del Marqués a dicho evento.
París definitivamente ya entretenida, terminó escuchando todas las historias ya que no encontró nada mejor en que pasar el tiempo hasta volver a su casa. Paseó por los salones, aceptó algún que otro baile sin importancia y luego, más interesada de lo que debía, volvió a su posición cerca de las cotillas.
Esa misma noche mientras escuchaba más de los chismes cada vez más ácidos sobre el Marqués, comenzó a recorrer con la vista el salón atestado de gente. No encontraba a nadie interesante o nuevo, siempre los mismos hombres y las mismas mujeres, nada cambiaba. En un rincón cerca de las ventanas que daban al jardín, topó su mirada con un hombre que le fue desconocido. Regresó su vista de golpe. Alguien llamaba por fin su atención. Parecía ser muy alto pasaba más de una cabeza a los demás invitados y por esa razón, París podía verlo desde el lugar donde estaba ubicada.
Lo que más le atrajo a París fue el mal genio que el hombre mostraba y al parecer no tenía intenciones de disimular. De pronto su identidad fue clara solo tuvo que recoger la voz de una mujer del ya famoso círculo de chismes, que lo señaló sin ningún recato, dejando muy en claro quién era esa persona. ¡Por supuesto! Así que ese era el famoso Marqués de Worcestershire. El hombre tenía razones para estar enojado, la gente no dejaba de murmurar a su alrededor. Solo cambió su semblante cuando dirigió su mirada a ella. Una sensación de miedo y peligro la asaltó; su corazón comenzó a galopar en loca carrera y de pronto fue consciente de sentir correr un frío helado por su espalda que se esparció por toda su piel.
Incómoda, levantó la vista desde su posición hacia el otro lado del salón, para encontrarse, a lo lejos, con los ojos del Marqués que parecían querer taladrarla. Por unos segundos le fue imposible moverse, estaba atrapada por una mirada que reflejaba odio.
¿Pero por qué me odia si no me conoce? Se cuestionó. A pesar de sentir frío en todo el cuerpo, sus manos comenzaron a transpirar, el aire la abandonó y empezó a sentir que sus piernas no la sostenían. Caminó unos pasos hacia atrás hasta apoyarse en la mesa de los refrigerios.

Henry Somerset se sentía hastiado, no soportaba a la gente que murmuraba estupideces a su alrededor. Estaba allí porque le llegó la orden del Rey que debía asistir en su reemplazo al evento. Por más esfuerzo que puso por aparentar comodidad no pasó desapercibido su enojo y su malestar. Miraba a su alrededor, todos rostros de gente conocida, gente que en otra época había sido su amiga. En realidad, toda esa gente de apariencia decorosa había sido amiga de Emily, todos iguales a ella. Levantó su mirada por encima de los invitados y por unos momentos quedó petrificado en el lugar. Una preciosa rubia, de elegancia exquisita y porte de gran dama se encontraba frente a él justo en el extremo opuesto al salón.
La belleza de Emily siempre había destacado igual, en contraste con las otras damas.
¡No! ¿Pero qué estás pensando? ¿Es que acaso estás volviéndote loco?
Se cuestionó a sí mismo, Emily estaba muerta.
Su mirada quedó clavada en los fríos ojos celestes de la mujer, con todo el odio que aún llevaba consigo a pesar de los años. Sacudió su cabeza, expulsando el pasado y los malos recuerdos, al volver a mirar la dama estaba siendo conducida por un hombre a la salida. Sin saber lo que hacía los siguió a través de la gente a distancia para no ser visto.
Cerca de las pesadas puertas que conducían al exterior Henry, observó a la pareja hasta que llegó su carruaje con el blasón familiar. Eran los Hellmoore, había escuchado que el Duque se había casado, por simple deducción y haciendo memoria esos dos debían ser París y Gabriel. Recordaba muy bien a la familia que en una época había sido como la suya.

Turbada París desvió la vista buscando a Gabriel que bailaba en la pista no muy lejos de ella. Su hermano se dio cuenta que algo no andaba bien, el rostro de París había perdido el color y parecía a punto de desmayarse. Terminó la música, luego de acompañar a la joven con quien bailaba hasta su carabina, se acercó a su hermana preocupado.
—¿Qué sucede? te has puesto pálida.
—No lo sé, creo que… no, no es nada tonterías mías —París no sabía que responder en realidad.
—¿Estás segura, alguien te ha molestado? —insistió Gabriel.
—Por supuesto que nadie me ha molestado. Pero si conocemos a todos aquí, nadie se atrevería a molestarme —respondió París sin querer decir nada sobre el extraño hombre.
—Algo tienes, será mejor que volvamos a casa —decidió Gabriel.
—Muy bien, vamos entonces —dijo París con gran alivio.

Al día siguiente bien temprano por la mañana se encontró con su madre en el comedor. Aprovechando que estaban solas, París decidió explicarle por qué quería dar por terminada su temporada por ese año. Adela no estaba tan segura de que retirarse fuese lo mejor pero las explicaciones de su hija la convencieron. Sus amigas se habían casado, por más que París estuviese feliz por ellas, se sentía sola para continuar asistiendo a los eventos. Y ella quería lo mejor para su hija.
—¿Estás segura hija? —insistió su madre.
—Sí, estoy segura. Y creo que es más importante que vayamos a Hertfordshire a comenzar con los preparativos de las navidades, esta temporada se estiró demasiado.
Y allí, en la quietud de su hogar, en las afueras de Londres podría tranquilizarse. Sus nervios estaban a flor de piel y una sola cosa la calmaba y solo en Hertfordshire podía realizarla. Era para ella incomprensible que debiese mantener en secreto su pasión por tratarse de algo indecoroso para los aristócratas. Aún era una niña cuando su madre la encontró haciéndolo y se lo prohibió. Pero al verla tan triste después de la muerte de su padre le permitió que continuase, pero en el más absoluto de los secretos. Solo ellas dos lo sabían.
—Bueno, si ya te has decidido, nos vamos en cuanto dejemos todo listo aquí —dijo Adela.
—Gracias madre.
—No me des las gracias, sabes que tu felicidad y tranquilidad son lo más importante para mí.
Ese mismo día París les escribió a sus amigas contándoles que se retiraba a Albans Abbey junto a su madre y su hermana Ángela. Las estaría esperando para contarles todo y pasar las próximas fiestas juntas. Con todo dispuesto en Londres y con su tío Josep encargándose de los asuntos del Duque como siempre, estaban listas para su viaje. Gabriel les daría alcance en unos días, primero pasaría por Oxfordshire donde tenía sus propiedades.
Para la familia no fue una sorpresa que Gabriel siendo un Hellmoore se desprendiera de los negocios del ducado y saliera en busca de sus propios intereses. Siempre demostró un espíritu independiente y trabajador y con capacidad para los buenos negocios. En poco menos de tres años había sacado sus tierras recién adquiridas, de estar a punto de perderse por las deudas, a convertirlas en campos en plena producción agrícola.
Con todo dispuesto en Londres, las maletas listas y todo cargado en los carruajes, se despidieron del personal que no las acompañaba. Adela se despidió de su hermano Josep y su familia hasta las navidades. Ellos viajarían para pasar las festividades con los Hellmoore como era costumbre.
En el viaje, París se entretenía conversando o jugando cartas con su madre, a Ángela lo único que le interesaba eran sus novelas. Que leía a escondidas por supuesto, o por debajo de cubiertas de otros libros. No acostumbraba a participar mucho en nada que no fuese leer o escribir sus cuadernos personales. Desde que comenzó con la lectura y a demostrar su interés por las novelas todo el mundo le regalaba libros. Gabriel siempre volvía de algunos de sus viajes con un libro para ella. Brian le había enviado varias novelas desde Europa. Pero siempre se las arreglaba para encontrarse con las novelas prohibidas. Así fue cultivando una inmensa biblioteca personal que para esos momentos tenía tantos ejemplares que ya podía competir con las mejores librerías del país.
El viaje era largo pero aprovecharon para ponerse al día sobre todos los sentimientos que ambas tenían guardados en sus corazones. Conversando con su hija fue que Adela se enteró del dolor que todavía le producía la falta de su padre, eso la conmovió sobremanera. Como madre debía buscar la manera que París encontrara paz en su interior y que solo atesorase los buenos recuerdos de Víctor. Esperaba que en la próxima temporada encontrase al hombre al que pudiese entregarle su amor, estaba convencida que solo así podría llegar a ser feliz y dejar en el pasado esa soledad que la atormentaba.
Apenas llegadas a Albans Abbey, luego de un descanso reparador, se dieron a la ardua tarea de los preparativos de la casa. Desempolvando adornos de años anteriores, sacando cajas que llevaron desde Londres y reorganizando a los sirvientes. Adela le entregó a su hija París la lista de invitados que no pertenecían a la familia para la organización de las habitaciones de huéspedes. Estaba dando órdenes al personal cuando comenzó a leer y dos de los nombres escritos desencadenaron en ella dos reacciones distintas: uno, un profundo sentimiento de miedo; el otro, de incredulidad.
—¿Madre? Quién ha incluido en esta lista al Marqués de Bath ¿es que acaso no recuerdas que pretendía a Serena? —preguntó bastante enojada.
—Sí, lo recuerdo pero está en la lista por sugerencia del Rey.
—Y supongo que el que se encuentre en esta lista el Marqués de Worcestershire es también amable sugerencia del Rey.
—Sí lo es —dijo Adela sin entender— ¿Cuál es el problema con Somerset?
—El problema es que ese hombre nos odia madre.
—¿Qué?... ¿Pero qué tonterías dices?
—Ninguna tontería, nos odia.
—¿Estás hablando de Henry Somerset Marqués de Worcestershire? ¿Por qué habría de odiarnos? —preguntó Adela sin entender a su hija.
—Sí, hablo de él y no, no sé por qué nos odia.
—Hija, Henry, tu hermano Brian y Baltasar fueron muy amigos en la universidad, solo se separaron cuando el padre de Henry murió y este debió asumir su cargo como nuevo Marqués. Además su familia posee una residencia muy cerca de la nuestra en Londres y siempre fuimos amigos de la familia. No tiene por qué odiarnos.
—Mmmm… yo no estaría tan segura.
París decidió dar por terminada la conversación ya que con su madre no llegaría a nada, ella siempre pensaba lo mejor de la gente, aunque no se lo merecieran. Ya hablaría más tarde con su hermano Brian para saber si él y Somerset habían tenido algún problema que justificase el odio que le dirigió el Marqués en el salón de baile. Estaba muy segura que ese hombre la odiaba.
Continuó toda la semana trabajando sin descanso junto a la servidumbre para que estuviese todo listo. Mientras su madre se ocupaba de organizar las distintas comidas con el ama de llaves y el cocinero. Ángela como siempre en el escritorio de su cuarto escribiendo o en la biblioteca leyendo, ella jamás participaba de ningún preparativo. Aducía que su madre y su hermana solas lo hacían de maravillas.
Gabriel por su parte, apenas llegado, ayudó con la organización para la tala del árbol que serviría para adornar en la nochebuena. Saldría con los hombres invitados por el bosque que surcaban los alrededores de Albans en busca del mejor árbol que encontrasen. Olivia prometió llevar un nacimiento, que su padre le había regalado de niña, traído de Italia. Nadie conocía mucho del tema pero ella explicaría de qué se trataba.
A pesar del gran trabajo que realizaba para que todo estuviese listo para la llegada de los invitados, París encontraba su momento de calma. Se encerraba en la última torre de Albans Abbey donde todo el personal tenía prohibido ir y la familia creía que estaba desocupado. El lugar le traía mucha paz, si bien de noche debía encender muchas velas para ver mejor, en el día era un placer poder ejercer su pasión y echar a volar su mente. La torre estaba lo bastante alta como para que si ella encendía las velas, se viera la luz desde muchos lados. Cuando decidía subir de noche tapaba los ventanales con lienzos para evitar que se filtrara la iluminación y poder estar en ese su lugar privado, sin ser vista.

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Serie Familia Hellmoore 03

A través de los ojos de Gabriel





Argumento:

Sophia no estaba dispuesta a entregar sus tierras sin luchar. Sus abuelos y bisabuelos habían trabajado duro por ellas y aun siendo culpa de su padre, no les iba a ser fácil arrebatárselas. Si pensaban encontrar a una tonta y dulce damita, no tenían idea de quién era ella.
Gabriel no alcanzaba a comprender qué pasaba con la señorita Willamsen; pero se propuso averiguarlo, jamás había rechazado un desafío. Solo no contó con enamorarse irremediablemente y… ¿Aceptar su doble vida?
 ¿Qué estaba pasando? O estaba equivocado o a punto de volverse loco.


Primer Capítulo:


La confusión de Gabriel
Gabriel tenía sus tierras y su propia mansión en el Valle de White Horse en el condado de Oxfordshire. Desde muy chico ayudó a su tío a llevar el Ducado de Albans, hasta el regreso de su hermano tras la muerte de su padre. Sabía muy bien cómo manejarse en su economía y cuándo era bueno un negocio. Cuando compró las tierras del Valle en quiebra no tuvo dudas de que las sacaría adelante. En ese momento era dueño de una de las más grandes mansiones del condado y sus cultivos se extendían por casi todo el Valle de White Horse. 
Entre sus principales cultivos se encontraba la cebada, que era destinada en su mayoría a la elaboración de cerveza. En sus dominios Gabriel era tan feliz como cuando se encontraba con su familia en Albans Abbey, pero creía que ya iba siendo hora de formar la suya propia, lo difícil era encontrar a la persona adecuada. Él respetaba a todas las mujeres por igual y en cada una de ellas podía ver la vulnerabilidad de sus hermanas. Eso era lo que quería para su vida, una mujer fina, delicada, tierna, pero con carácter y poder de decisión. 
Su casa estaba ubicada en un lugar muy pintoresco, situada en lo alto del valle. El pueblo no se encontraba lejos, y a él le gustaba caminar disfrutando del aire puro hasta encontrarse con la gente y comenzar a sentir la vorágine del día a día de sus habitantes. Había asistido a dos bailes organizados por la Condesa Hamilton y quedó gratamente sorprendido. Las damas en edad casadera que no les interesaba trasladarse a Londres o que lo harían más adentrada la temporada se encontraban allí. 
Y aquellos hombres que necesitaban casarse con una buena dote sabían que allí las encontrarían. En el segundo baile al que asistió le llamó poderosamente la atención una dama, que hacía las veces de carabina de una jovencita. Aunque no era mucho mayor que la niña que tenía a su cuidado. La había visto en varias oportunidades en el pueblo y su belleza lo había cautivado, pero nunca se había acercado a ella.
Lo que la diferenciaba en realidad era su porte arrogante y altanero. Los hombres la miraban, pero ella los cortaba con su indiferencia por lo que ninguno se atrevía a acercársele. No así su protegida que no tenía reparos en ofrecerse a cuanto caballero se aproximaba. Gabriel –que siempre le atrajeron los retos y las mujeres hermosas– no dudó en ir por el premio mayor. Al acercarse la protegida de su bella dama se sintió halagada y creyó que era por ella. Marcado fue su disgusto cuando se dio cuenta, que era por su carabina. La condesa Hamilton entendió inmediatamente las intenciones de Gabriel Hellmoore y como le gustaba para Sophia, los presentó.
—Lord Gabriel Hellmoore, permítame presentarle a la señorita Sophia Willamsen y a lady Smith, su pupila por esta noche —se apresuró a decir la Condesa.
—Señorita Willamsen es un placer, lady Smith —dijo Gabriel con una inclinación de cabeza, pero sin dejar de mirar a los ojos a Sophia.
—Lord Gabriel Hellmoore —correspondió Sophia con otra inclinación de cabeza, pero sin mirarlo.
—Es un placer que nos acompañe esta noche —dijo la Condesa Hamilton.
—El placer es todo mío Condesa —respondió Gabriel muy caballeroso.
—Cuéntenos Gabriel, ¿se quedará más tiempo esta vez por sus tierras? —consultó lady Hamilton.
—Lamentablemente parto mañana a mediodía hacia Albans Abbey, para los preparativos de la Navidad junto a mi familia.
—Por supuesto, me han dicho que la Navidad en la mansión del Duque es hermosa e interminable.
—Sí, es muy agradable estar en familia y entre amigos para las ocasiones especiales —respondió Gabriel mientras le dirigía una atrevida mirada a Sophia.
La señorita Willamsen molesta por el descaro del engreído caballero, tomó del brazo a su pupila y se dirigieron a recorrer el salón. Aprovechando la ocasión de quedarse a solas con la Condesa, Gabriel intentó averiguar algo sobre la señorita Sophia.
—Dígame… ¿no es muy joven la señorita Willamsen para ser carabina de lady Smith?
—Sí que lo es, pero ayer por la tarde la madre de lady Smith se cayó del caballo y está impedida de acompañar a su hija. Por esa razón Sophia se ofreció —explicó la Condesa.
—¿Si se ofreció como acompañante debo entender que no se presentará en la temporada londinense? —preguntó Gabriel.
—Intenté convencerla, pero es muy terca. Hace apenas unos meses que murió su padre y quedó sola con la compañía de su madrina, una señora bastante mayor.
—¿Por qué no quiere hacer su presentación? —preguntó Gabriel sin entender a la mujer, todas las damas que conocía incluso sus hermanas, se desesperaban por los bailes de temporada.
—Porque a pesar de que su padre le dejó una pensión con la que puede vivir de manera muy decente, no tiene dote.
—¿Dónde vive? —preguntó tratando que no se notara su interés.
—En la mansión lindera a la suya, esa vieja casona era de su abuelo. Lamentablemente su padre le dejó muchas deudas por saldar y no creo que logre salvar esas tierras.
Por el momento lo que había averiguado le era suficiente, no quería parecer demasiado interesado y que se interpretase mal. Al parecer la señorita Willamsen ya tenía suficientes problemas para que por culpa de él se le agregaran más. Se quedó observando unos momentos desde lejos a la belleza recién descubierta y cuando comenzó el baile, se retiró. Al otro día debía emprender el largo viaje a Albans, pero primero debía ir a su casa de Londres, lo haría a caballo para que fuese más rápido.
Necesitaba recoger unos documentos que tenía allí y de paso trataría de averiguar el estado financiero en que se encontraba la finca de los Willamsen. Alguien había dicho algo sobre esa mansión y no podía recordar qué era o quién lo dijo, pero ya lo haría, era cuestión de tiempo.
*****
Dos días después por la noche se encontraba en Londres, había cambiado cuatro veces los caballos en las posadas del camino. Las monturas frescas le habían permitido llegar con prontitud, se aseó, comió algo rápido y salió en busca de su amigo Esteban.
Esteban Philip se encontraba como siempre pasando el tiempo en el club de caballeros. Cuando Gabriel se reunió con él con el propósito de preguntarle sobre los Willamsen, lo encontró visiblemente borracho. Estaba como era su costumbre en uno de los privados del club, reservado para los clientes acaudalados. En el mismo instante en el que entró le extendió una copa de licor y lo hizo sentarse para que… –según dijo– viera el espectáculo. 
En ese mismo momento entró un grupo de cuatro prostitutas casi tan alegres o borrachas como su amigo. Una de ellas era la que las mandaba y tras darles instrucciones comenzaron a bailar y a quitarse la ropa. La cortesana más fina –la que se encargaba de las otras tres–, no bailó, ni se desnudó. Ella encendió un cigarro y se quedó en uno de los rincones; vigilante. Gabriel no podía verla muy bien por la tenue luz del lugar, pero le parecía conocida o parecida a alguien y no podía darse cuenta a quién.
Intrigado se levantó y se dirigió directamente donde estaba parada la cortesana. Más se acercaba y más parecían engañarlo sus ojos. La mujer que tenía frente a él era inconfundible a pesar de estar muy maquillada, de tener el pelo revuelto en ondas que le tapaban gran parte del rostro y un velo casi transparente que había visto mejores épocas, que caía desde su sombrero a mitad del rostro.
—¿Sophia? —preguntó Gabriel sin poder creérselo.
—Seré quien tú quieras que sea esta noche, cariño —respondió ella acercándose en estado de ebriedad y con olor a colonia barata. 
—¿No me reconoce? —preguntó levantándole el rostro con un dedo debajo del mentón, para poder verla mejor.
—Es la primera vez que lo veo —dijo ella soltándose de su agarre.
—¿Cómo es posible que haya llegado a esto? —preguntó.
—¿Usted por qué se mete en lo que no le importa? —gritó ella y se fue del lugar dando un portazo.
Cuando Gabriel reaccionó salió disparado detrás de la mujer, pero no la vio por ningún lado. Se dirigió a la puerta de salida y le preguntó al vigilante.
—¿Ha salido una mujer recién por aquí?
 —¿Una mujer? No, solo pasó Isabella.
—¿Quién es Isabella? —preguntó Gabriel sin entender lo que para el guardia era obvio.
—Isabella Pusset, la cortesana, ¿quién más?
—¿Cortesana?
—Sí, no suele venir mucho por aquí, solo dejó a algunas de sus chicas y se retiró —respondió el guardia sin entender lo que le llamaba tanto la atención.
Gabriel estaba totalmente desconcertado. La altiva, fina y delicada Sophia Willamsen que estaba en un baile de la alta sociedad rodeada de aristócratas ricos en White Horse era una fulana. No podía ser, no lo podía creer, debía haberla visto mal. Estaba cansado por el viaje, era muy tarde y entre la poca luz del lugar y el humo de los puros y cigarros, la confundió. Esa tenía que ser la explicación a la ridiculez del asunto, era imposible que esa altiva mujer, fuera la misma que vio en el club. 
Se iba dando toda clase de explicaciones, mientras caminaba hasta su casa a unas cuadras del lugar. Por la mañana vería todo mucho más claro y se reiría de su estupidez. Se acostaría a dormir, solo tenía unas horas para investigar sobre la mansión Willamsen antes de tener que partir para Albans Abbey.
*****
Al otro día muy temprano se dirigió a la casa del señor Malcolm para averiguar sobre la mansión lindera a la suya. Malcolm era quien se ocupaba de los préstamos para los poseedores de tierras y de cobrarles también, por supuesto. Se conocieron cuando fue por la que ahora era su finca y había podido congeniar muy bien con él. Podría preguntar sin problemas ya que el buen hombre pensaría que también querría adquirirla.
—La Mansión Willamsen está por ser puesta en subasta en cualquier momento. El señor Willamsen que en paz descanse, adquirió demasiados préstamos que no pudo pagar y no creo que su hija esté en condiciones de hacerlo —aseguró el hombre.
—¿En cuánto tiempo se sacará en subasta? —preguntó Gabriel interesado.
—Debo hablar con la señorita Willamsen primero, pero creo que en una o dos semanas después de la Navidad —aseguró Malcolm.
—Haré un trato con usted; quiero que me avise antes que salga en subasta y yo me haré cargo de la mansión tal y como hicimos con mi finca ¿está de acuerdo? —preguntó Gabriel que sabía muy bien cuánto le gustaban las comisiones a Malcolm.
—Sí, sí Lord Gabriel Hellmoore, será el primero en enterarse se lo aseguro, quédese tranquilo. ¿Debo comunicarle a la señorita Willamsen que usted comprará las tierras? —consultó el señor Malcolm.
—No, esto debe quedar en absoluto secreto entre usted y yo —advirtió Gabriel.
—Se hará como usted diga señor.
Salió del edificio más que satisfecho, pero aún con la incertidumbre de lo que había visto la noche anterior. Consultó su reloj. Era casi mediodía, no sabía si era un buen momento para visitar a una cortesana, pero lo haría igual. Le había preguntado al jefe de las caballerizas si conocía a la mujer y el hombre le había dado todos los datos necesarios para llegar a ella. Esperaba ser atendido frente a la puerta de Madame Pusset tal, como rezaba el cartel que había allí colgado. Cuando se abrió la puerta apareció ante Gabriel un corpulento hombre con cara de enojado. 
—Quisiera ver a la señora Pusset —dijo Gabriel.
—Madame no recibe a nadie a estas horas —respondió el malhumorado sirviente.
—Debo viajar y necesito tener unas palabras con Madame antes —insistió Gabriel.
—Lo siento es imposible, váyase —respondió el tipo y le cerró la puerta en la cara.
Gabriel se retiró con la convicción de que algo raro había en todo ese asunto. Sabía que la señorita Willamsen tenía muchas deudas en su finca, pero la prostitución no se las pagaría. A menos que estuviera buscando un protector adinerado, esa podría ser una buena explicación. Se hacía toda clase de conjeturas mientras cruzaba la calle. Al llegar al otro lado se paró y miró en dirección de la mansión de Madame Pusset. Claramente la vio que espiaba por unos de los ventanales de la planta alta.
Se quedó esperando para ver si volvía a asomarse, pero no lo volvió a hacer. En ese momento tampoco pudo verla bien a través de las cortinas, pero su rostro le era claramente familiar. No podría asegurar que fuera Sophia, pero tampoco podía decir que no lo era.
Cabalgó rumbo a Albans Abbey con su cabeza llena de pensamientos sobre Sophia y sobre la cortesana. Su amigo Esteban, a su lado, trataba de recuperarse de la borrachera, aún no estaba en condiciones de ser interrogado, esperaría hasta llegar. Gabriel quería saber todos los detalles de contratación de la prostituta, luego trataría de unir las piezas para ver dónde encajaban. Aunque algo le decía que sería difícil hacer coincidir esos engranajes, algo ocultaba Isabella Pusset, Sophia Willamsen o como se llamara.
*****
Luego de horas de cabalgata al fin habían llegado, Albans estaba de fiesta, pronto llegarían los invitados de la Duquesa madre y Gabriel tenía que ayudar a la familia con los preparativos, pero antes de adentrarse en los festejos navideños tenía una conversación pendiente con su amigo de toda la vida: Esteban. Un criado le había dicho que se encontraba en sus habitaciones tomando un baño, era el mejor momento para abordarlo sin que se le escapara.
Golpeó la puerta de la habitación y entró sin esperar a que le dieran permiso. Esteban estaba en la tina, podía verlo a través de la puerta entreabierta. 
—Tenemos que hablar —dijo Gabriel apoyándose sobre el marco de la puerta de brazos cruzados.
—¿Qué es tan importante que no puedes esperar a que termine mi baño? 
—¿Quién es Isabella Pusset? —preguntó Gabriel sin responderle su pregunta.
—¿Quién? ¿La cortesana? ¿Desde cuándo tienes interés por una prostituta? Amigo te desconozco —respondió divertido Esteban.
—Déjate de tonterías y responde mi pregunta.
—Es que ya te he respondido, Isabella es una de las más conocidas cortesanas que regenta su propio grupo de prostitutas.
—¿Y quién es Sophia Willamsen? —insistió Gabriel.
—A esa no la conozco, pero tiene un apellido adinerado para ser prostituta, aunque ninguna de ellas dice su verdadero nombre.
—No es una prostituta, es la dueña de la mansión Willamsen, que colinda con mi propiedad en el valle.
—¿En Horse? Nunca la he visto, pero no te entiendo, ¿qué tiene que ver una cortesana con la señorita Willamsen?
—Eso es lo que trato de averiguar, pero si no conoces a Sophia, no eres de gran ayuda.
—¿Sophia? ¿Desde cuándo tanta familiaridad con tu vecina? —preguntó Esteban con una sonrisa.
—No empieces con tus tonterías, quiero saber si Isabella y Sophia son la misma persona.
—Para ayudarte debería conocer a Sophia —respondió Esteban.

Como por el momento no podía hacer nada más, decidió esperar a que terminaran las fiestas y poder volver al Valle de White Horse y enterarse de lo que estaba sucediendo alrededor de la señorita Willamsen. 


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